¿Qué le ha pasado al conflicto?

Hace poco, comentando con un buen amigo y lector, Eugenio Maqueda, mi último texto teatral, él me confesaba que echaba de menos una mayor presencia del conflicto. No es que no haya conflicto o tensión, me decía, pero es un conflicto poco “violento”, poco explícito, atenuado. Eugenio habló de Shakespeare, donde cada conflicto, externo o interno, es muy evidente y conlleva una gran potencia.

Me quedé reflexionando sobre este tema tras la conversación. ¿Es cierto que en la obra que acababa de terminar no aparece el conflicto de forma “violenta”? ¿Por qué? Es más, ¿es esto una característica de mi dramaturgia? O, yendo más lejos, ¿es una especificidad del teatro actual frente al teatro, por ejemplo, de Shakespeare?

Unas semanas después, en el Teatro Alhambra, de Granada, asistí como espectadora a la cuidada puesta en escena de Macbeth por parte de la compañía granadina Histrión Teatro. Es cierto. Allí estaba el conflicto, en estado puro. En estado “sangriento”, incluso. En su terrible y trágica crueldad. Pero, ¿qué me ocurría como espectadora? Veía la obra y oía los diálogos, y me quedaba maravillada con las imágenes, con las palabras, con los gestos… pero a la vez una parte de mí se sentía ajena, como si fuera un testigo mudo frente a un mundo inaccesible y lejano.

Leo a John Howard Lawson y su Teoría y técnica de la escritura de obras teatrales. Se dice: “El carácter esencial del drama es el conflicto social ─personas contra otras personas, o individuos o grupos contra fuerzas sociales o naturales─ en el cual la voluntad consciente, ejercida para la realización de objetivos específicos y comprensibles, es suficientemente fuerte como para traer el conflicto a un punto de crisis”.

Me interesa lo de la “voluntad consciente”.

En el teatro clásico y casi hasta el siglo XIX, el personaje, de quien depende en última instancia esa “voluntad consciente”, suele asumir la condición de héroe. (Bueno, no sólo en el teatro clásico, en buena parte del cine hollywoodense actual sigue dándose esa condición y si no que le pregunten al resucitado Indiana Jones). Por tanto, tiene la fuerza física y moral necesaria para llevar el conflicto hasta ese punto de crisis, es capaz de sacrificarse, de entregarse entero al ejercicio de su “voluntad”. Y lo hace, además, en la mayor parte de los casos, sin ningún pudor, evidenciando sus conflictos internos y su lucha. A veces duda, es cierto, pero siempre termina confiando en su propio poder.

Cuando leo o veo espectáculos teatrales (o películas) donde aparece este tipo de figura heroica, a pesar de que admire su fuerza, o su lenguaje, o su estructura, la verdad es que me quedo “fría”. Siento al personaje muy lejos, no sólo no me identifico (mi motivación realmente no es identificarme, aunque sí identificar a la persona, identificar al “otro” como un “otro” reconocible), sino que además me resulta “artificial” dicha heroicidad.

¿Qué ha pasado? ¿Por qué no construyo héroes como escritora y por qué como espectadora no me emocionan y no me creo a los héroes?

Me parece que desde el siglo XIX y hasta la actualidad (sería muy laborioso proponerse dar cuenta de todo este proceso) el personaje ha ido cayendo en la abulia. La falta de voluntad. Cuando leo textos de los autores (españoles, por ejemplo) que más me interesan (Sanchis Sinisterra, Juan Mayorga, Lluisa Cunillé, Itziar Pascual, etc., etc., etc.) reconozco esa carencia de voluntad en el personaje. Y si la tienen, si tienen voluntad, es una voluntad a veces demasiado débil, o demasiado inestable, o demasiado difusa.

¿Por qué?

Voy a tratar de trazar tres posibles razones de esa actitud, que, sin duda, están interrelacionadas:

La consciente pequeñez del personaje. Muchos de nuestros personajes actuales se saben insignificantes, se saben limitados, débiles, incapaces. Esto me recuerda a un texto muy interesante de Sanchis Sinisterra, titulado “Por una teatralidad menor”, incluido en su La escena sin límites. En él, Sanchis se refiere a la “mutilación” de los personajes y dice: “Frente a la noción de personaje como algo compacto, trasunto más o menos esquemático de un ser humano completo, representante de un determinado arquetipo sociológico o psicológico, la teatralidad menor acepta la condición incompleta del personaje dramático, su carácter parcial y enigmático, revelador de apenas una mínima parte de sí mismo”.

La duda o la inseguridad: Me imagino a un protagonista preguntándose: ¿querer algo? ¿el qué? ¿cómo puedo estar seguro de querer una cosa? ¿y si en realidad quiero otra? ¿cuánto voy a luchar por eso? ¿merece la pena? Aquí creo que también puede comentarse la irrupción de lo inconsciente en nuestra concepción del personaje: toda esa carga de deseos (o temores, o complejos) no evidentes, desconocidos incluso para quien los posee.

El pudor y la dificultad para expresarse: incluso cuando el personaje tiene claro lo que quiere y tiene claro que tiene la “dimensión” (física y moral) necesaria para conseguirlo, normalmente no expone sus conflictos interiores, ya sea por una especie de pudor o por su conciencia de la imposibilidad de comunicarse adecuadamente. Todo ocurre, por tanto, de forma soterrada, implícita. El silencio, el malentendido, la insinuación, cobran entonces una enorme significación en este teatro del que estoy hablando.

Una última cuestión que me asalta en el marco de estas reflexiones: ¿se trata este tipo de escritura de una consecuencia de la situación del hombre contemporáneo? Claro, es evidente. Pero, ¿ya está? ¿Sólo es una consecuencia inevitable? No, opino que no. Según creo (o quiero creer) la elección de este tipo de dramaturgia implica una opción estética, pero también ideológica.

Si el teatro sigue teniendo un valor único, que no posee ningún otro arte, es que es la re-presentación de la vida (no reflejo fiel, ciertamente, sino deformante, sí, como querría Valle-Inclán; o amplificante e intensificador, como me parece a mí). Cuando entiendo al otro a través del teatro, cuando entiendo su pequeñez, su cobardía, sus dudas, su insignificancia, su dificultad para expresarse, entonces reflexiono sobre mí misma. La pequeñez del personaje no me parece un obstáculo para el desarrollo dramático, me parece un motor, que tal vez no hace progresar la acción en línea recta, sino a trompicones, o en zig-zag, o en espirales. Desde mi punto de vista, asumiendo la realidad compleja del no-héroe y su “voluntad” difusa, incompleta, no consciente a veces, hacemos posible que el espectador (al menos eso me ocurre a mí) se sienta interpelado, cuestionado, in-quietado por los conflictos grises, mínimos, opacos, implícitos, que se le ofrecen desde la escena.

5 thoughts on “¿Qué le ha pasado al conflicto?

  1. No aflojes, Gracia. Una de las bellezas de tu escritura es lo que Marco Antonio de la Parra ha dado en llamar “dramaturgia de energías mínimas”. Un beso.

  2. Muy interesante tu reflexión, Gracia. Creo que apuntas en la dirección adecuada, los personajes y su apatía y su indefinición, para darle vueltas al asunto del conflicto, su mutación contemporánea. Apuntado queda también lo de “dramaturgia de energías mínimas”.

  3. Aunque el planteamiento es de lo más relvante en estos momentos de fraseos escénicos y fragmentación para insinuar sin querer decir comprometiéndose, lo que en nuestro círculo se conoce como dramaturgia del (o la) cobarde, pienso que el conflicto no está o es desde el personaje sino desde la situacionalidad misma. Es decir, Shakespeare privilegia al personaje y de ahí que todo gire a su alrededor, en estos momentos giramos sobre la sociedad, sobre los colectivos y sus intereses, por tanto el conflicto está dado en puntadas, en momentos, pinceladas o como se quiera figurar. No es hora de individuos puedelotodo sino de supervivencia de una población en medio del mayor caos conocido y de eso es que estamos dando cuenta.

  4. Dramaturgia del cobarde, dramaturgia de energías mínimas… Es interesante. Sí, coincido con William Fortich Palencia en esa mirada, no sobre el personaje “puedelotodo”, sino sobre una sociedad caótica, tan plural que ha perdido su propia identidad. En nuestras historias sigue habiendo personajes, claro, pero están “condicionados” o “confusos” (acobardados, incompletos) dentro de esa sociedad. Es un tema que da para reflexionar por extenso.

  5. En 2003, el crítico argentino Carlos Pachecho, publicaba en el diario La Nación (www.lanacion.com.ar) un interesante artículo titulado “El teatro no tiene héroes”. Dicho artículo está colgado en la sección El revistero de esta web (enlace directo http://teatrogranada.es/Notas/Carlos_Pacheco.htm).

    Comienza asi: “Hoy, los autores escriben obras que carecen de personajes fuertes y se concentran en la trama. Se acabó la época de las Bernarda Alba y las Madre Coraje. Una de las últimas criaturas de peso fue Roberto Zucco, de Bernard Marie Koltés…”

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